
Redes Sociales: Del hábito a la adicción
La mitad de los argentinos vive conectado a internet, de los cuales, el 63% está pendiente de redes como Facebook y Twitter. Este tipo de comunicación roza el límite de las costumbres, transformando esa dependencia en adicción.
Al igual que en casi todos los países del mundo, las redes sociales llegaron a la Argentina para quedarse por tiempo indefinido. En nuestro país, el número de usuarios crece de manera asombrosa: estar conectado a redes como Facebook, Twitter o Linkedin ya no resulta extraño para la mitad de la población que vive, se exhibe y se expresa, consume e intercambia opiniones o ideas con solo hacer clic en una milésima de segundo.

Esta manera de estar permanentemente conectados comienza a ser una costumbre en la vida de millones de internautas argentinos que, desde hace algunos años atrás, entendieron que el formato web 2.0 es el engranaje que necesitaban para proclamar su existencia frente a los demás.
¿Las redes sociales son parte de nuestra vida o nuestra vida está impregnada bajo el magnetismo dominante de las redes sociales? Esa es la pregunta que muchos tratan de dilucidar, especialmente cuando el mensaje proveniente de los medios y de cierto sector de la sociedad es que el mundo “real” (lo que se vive a diario fuera de la PC) es altamente peligroso.
Aunque hoy en día es complejo encontrar la respuesta adecuada, el debate ya está instalado. Lo que resulta innegable es que el boom planetario de Facebook y Twitter despertó curiosidad y exaltación en la gente, porque las redes se transformaron en uso frecuente desde la inocencia, y en muchos casos ese hábito cruzó de vereda, convirtiéndose en una especie de adicción que no conoce límites.
Furor por Facebook y Twitter
Los datos del fanatismo de los argentinos por las redes sociales son elocuentes. Según la consultora TNS, Argentina es el quinto país en el mundo y el primero del continente en cuanto al consumo de Facebook y Twitter por parte de los cibernautas.
En nuestro país, la mitad de la población utiliza internet y de ese número, el 63% es usuario de las redes sociales, dejando atrás a Brasil (55%), Estados Unidos (50%), Canadá (45%) y México (42%). A nivel mundial, Argentina se ubica debajo de Turquía (73%), Malasia (69%) y Tailandia (67%) y Hong Kong (63%), países que también son considerados en vías de desarrollo.
Según la consultora Prince & Cooke, alrededor de 11 millones de argentinos -un cuarto de la nuestra población- utilizan Facebook, mientras que casi un millón tiene cuenta en Twitter. El número de usuarios continúa en constante ascenso en la red del pajarito, al punto que el nivel de popularidad adquirido por los “twitteros” se basa en sus seguidores (followers), que en muchos casos puede llenar tranquilamente la capacidad de dos estadios de fútbol.
Es por eso que, desde el punto de vista psicológico, el uso (y consumo) excesivo de las redes sociales, ya sea a través de la PC, de la notebook o desde los celulares, genera una dependencia difícil de comprender en aquellos que pueden dividir las aguas entre el fanatismo virtual y el mundo real.
“Muchos se refugian en las redes sociales para reemplazar los que es la vida real. Hay que diferenciar lo que puede ser un entusiasmo con una necesidad de comunicación o algo útil con una adicción, y esto último se da cuando uno ve que no es la persona la que maneja la máquina sino que es la máquina la que maneja a la persona”, afirma la licenciada Diana Sahovaler de Litvinoff, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).
La vida en las redes
Sebastián Mónaco tiene 36 años, y se describe como Comunity Manager. En otras palabras, se encarga en publicar en Facebook, Twitter y Linkedin acciones especiales que les envían las empresas para quienes trabaja.
Fuera de su ámbito laboral, Sebastián se considera una persona común y corriente, con el agregado que para él es ya es costumbre utilizar Twitter para entretenerse al igual que Foursquare, una aplicación de geolocalización “tipo GPS” para decirle a sus contactos y amigos donde se encuentra en ese preciso momento.
Me levanto, desayuno y me conecto, salgo conectado, paro para comer y sigo conectado. Estoy conectado dos horas por la mañana, tres a la tarde y otras dos a la noche. Twitter es la noticia al instante, es el medio informativo por excelencia. Por eso envío alrededor de 50 tweets por día”, confiesa con total naturalidad.
Si bien afirma que puede controlar esa necesidad de enviar mensajes a todo el mundo, reconoce que su novia a veces le paró el carro cuando tenía que estar viendo qué es lo que pasa. “Al principio, ella estaba con cara de culo. ‘¿Hay q decirle a todo el mundo que vas a comer. Hay que decirle a todos que estás haciendo?’ ¡No paraba de retarme!”, reconoce Sebastián.
En tanto, María de Itatí es periodista, es productora en una importante radio de Corrientes y también da clases en una escuela de periodismo de esa provincia. Reconoce que es “adicta” a las redes sociales: “duermo con el celular prendido, jamás lo apago, lo mismo con la computadora. A veces me despierto a la madrugada a ver si alguien me habló o si tengo un mensaje de lo que sea. ‘Enferma’ fue lo más suave que me dijeron los que me conocen pero no entienden mucho de esto”, revela sin miramientos.
Al igual que mucha gente, el trabajo, los compañeros y las amistades la depositaron en este tsunami llamado Facebook y Twitter. Afirma que escribir en 140 caracteres a veces la lleva a más del límite.
“Estoy todo el tiempo conectada porque las relaciones son de la misma forma, son gente de mi entorno cotidiano. Hace poco me fui a Brasil y me asusté un poco porque no había conexión, hasta que lo entendí y disfruté un poco más las vacaciones”, confiesa.
El límite sería cuando la necesidad reemplaza al deseo, no hay una libre elección. Existe un reemplazo que puede ser la relación con los otros, con el entorno, con los compañeros del trabajo, y se sustituye estando en las redes sociales o con el celular. Eso absorbe la vitalidad de las personas y, al no tener ese elemento de conexión, un ingresa en un estado de angustia”, explica Litvinoff”.
La psicoanalista plantea en su libro “El sujeto escondido en la realidad virtual” que la gente se esconde detrás de la realidad virtual, con un personaje o personalidad distinta y justamente se puede expresar porque está escondido y entonces puede expresar sus ideas sin tanto riesgo, sin tanta exposición pero escondido.
Aunque Litvinoff advierte que “al mismo tiempo es un escenario donde se puede mostrar: si no fuera por esto, no podría mostrar sus pensamientos más íntimos, algo que sucede con mucha frecuencia en Facebook o Twitter. El sujeto se esconde y al mismo tiempo se muestra; la posibilidad de la distancia y del anonimato permite que muestre su costado más íntimo”.
El impulso por estar dentro de las redes sociales fue generado por los jóvenes-adolescentes de 15-25 años, y luego se fue propagando hacia otro segmento del mundo adulto, desde los jóvenes de 30 hasta los mayores.
Otra mirada sobre las redes sociales
Luis Alberto Quevedo es profesor de la carrera de Sociología de la Universidad de Buenos Aires y FLACSO. Considera que, desde el punto de vista sociológico, las adicciones (drogas y alcohol) están relacionadas a los cuadros psicológicos y merecen un tratamiento personal y no sociológico.
“Lo que sí se ha producido es un tipo de vínculo distinto con las redes sociales porque son un punto de estar, es un lugar donde los jóvenes y las personas se encuentran, donde la hiperconectividad tiene que ver con estar siempre disponible para sus amigos, para hacer una salida o para lo que fuere”, resalta.
Según Quevedo, más que una adicción, “lo que diría es que existen hábitos de consumo diferenciados de otras épocas y también diferenciados dentro de los mismos consumidores de redes sociales”.
Y va más a fondo con la cuestión entre el hábito y la supuesta adicción: “Me gusta mucho más una propuesta de pensarlos como residentes o usuarios, es decir: hay gente que son residentes, que están ahí, que viven de las tecnologías, además ellos se sienten mucho más a gusto, porque adoptan distintas personalidades, vínculos, tipos de relaciones, identidades, desarrollan tipos de afectos distintos”.
“Después están los usuarios de las redes sociales. Yo también tengo Twitter y Facebook y participo en redes, soy usuario, me desconecto con mucha facilidad y no vivo ahí. En esto sí las Ciencias Sociales tienen para aportar que son hábitos de consumo o prácticas de consumo, son formas de establecer el vínculo”, subraya Quevedo.
Por último, Quevedo señala: “En mi generación teníamos otra manera de contactarnos con el barrio pero eso ahora no existe. La segunda cuestión es que los chicos le otorgan espesor a su propio mundo, a su propia subjetividad ensanchándolos mucho más que sustituyendo otras actividades porque ellos también se encuentran, hacen sus cosas, van a la cancha o a jugar al fútbol, etc.”.
“Lo que más me preocupa a mí es no pensar en un esquema de sustituciones, es decir, porque hacen eso abandonan lo otro. Además, a todos los jóvenes les estamos diciendo que el espacio público es un peligro porque tenemos que tener cuidado”, completa el sociólogo.
Estar, salir, conectarse, permanecer y vivir dentro de Facebook y Twitter. Las redes sociales llegaron para quedarse y está en cada uno el uso que quiera darle. Porque la curiosidad se transforma en hábito, y esa costumbre se traduce en una dependencia fuera de control para este mundo tan frenético en que vivimos los argentinos.
por Maximiliano Kronenberg @maxikron

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